Entre Juguetes y Canciones Nuestra Casita Marina Pasa (Between Songs and Toys Our Beachside Tiny Home Passes)

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Entre juguetes y canciones nuestra casita marina pasa

¿Quién tiene viejo el corazón, o la mirada perdida en los garabatos que cuelgan entre la puerta de la cocina y el pizarrón?  ¿Quién sabe dónde esconder los discos de jazz y la antología de Tagore, para que no los rayen o los inunden con diseños de bohíos y animalitos insólitos los enanos?  ¿Dónde está la instrucción para cambiar las velas, o para instalar la lampara de halógeno?

Durante el verano los niños vuelan por las ventanas;

desesperados y llenos de fango regresan.

Las hojas del naranjo los persiguen

enlazadas por telas de araña llenas de mensajes

y bichitos que inquietan a mamá.

Cuando el invierno cierra las ventanas,

miran por los cristales

buscando cualquier razón para salir corriendo.

Las ardillas y los gusanitos huyen

como si un huracán se acercase.

¿Quién puede, o sabe perderse

en cualquier caminata junto al mar?

Las olas, las palmas y los gringos

son una especie de surrealismo momentáneo.

La otra realidad, aquella en la otra orilla,

es también reflejo de un modo loco y subversivo

que tiene la mente por querer decir: – ¡estoy aquí!

Los niños abren la llave del baño

y el pasillo se inunda de globitos de cebo,

barquitos de papel y paticos amarillos

se persiguen escaleras abajo,

(hasta que alguien grita

o hasta que sin ropas salimos todos directo a la piscina)

muñecas desnudas y sin brazos,

legos y los caballos de plástico

que nunca aprendieron a nadar

se deslizan de un lugar a otro.

Una algarabía de colores,

de cosas imposibles de reciclar

explotan por todos lados

como si el azar enlazara las alegrías.

Durante casi todas las mañanas soy un payaso frente al espejo

dando lección gratis sobre cómo lavar los dientes a los enanos.

Pero hay otras mañanas, llenas de encuentros alegres

y de mensajes a golpe de acuarelas y trocitos de papel,

y avioncitos que viajan desde el cereal hasta los mangos,

y desde los mangos hasta el te de gengibre con letricas chinas

que los enanos encuentran tan chistosas y que mama tanto adora,

donde también olvido que hay que echarle gasolina al carro,

que hay que mandar a tiempo los pagos

y que debo publicar

las disertaciones existenciales del mes pasado.

Todos los niños aprenden a muy temprana edad

la diferencia que hay entre un juego y un cristal roto.

Mientras tanto, lo único en lo que puedo pensar

es que debo aprender a jugar mejor,

que es casi como decir: jugando debo aprender a vivir.

Between songs and toys our beachside tinny home passes

Who has an old heart, and the gaze lost on the scribbles that are hanging between the kitchen door and the edge of the chalkboard? Who knows the perfect place where to hide the jazz records collection, and Tagore’s anthology? Where can I hide those ancient relics from the scratches of the running dwarves and their unusual designs of strange huts and weird animals? Where are the instructions for changing a candle? How can I install this halogen lamp?

During summer, children fly through the windows

in all directions.

But when they come back,

desperate and full of mud,

the orange leaves’ chase behind them,

with bugs glued to the spiredweb´s timed tales,

disrupting mama’s quiet reading space.

When winter closes the windows,

they look outside through the glass,

looking for any reason to run away.

Squirrels and worms seeing them panic,

knowing a storm is approaching.

Can walking by the seaside help us reach

our most needed absence from all?

Gringos, waves, and palm trees

are a sort of momentary surrealism.

That other truth, on a faraway shore,

is also a reflection of something else.

A crazy and subversive way

that the mind uses to declare: -am here!

Children open the water faucet,

and the halls flood with soapy balloons,

paper ships and yellow ducks run from each other

down the staircase

(until someone screams

or until all of us run towards the pool),

naked dolls without arms, legos and plastic horses

that never learned how to swim sway all over the place.

A festival of colorful things that cannot be recycled

explode as if games of joy linked all forms of happiness.

During most mornings I turn into a clown in front of the mirror,

and I offer, for free, lessons on how to clean little teeth.

But there are other mornings,

filled with joyful encounters with watercolors messages

and little pieces of colored paper all over the table,

and little planes that fly from the cereal to the mangoes,

from the mangoes towards mama’s favorite ginger tea

and its small chinnese lettering that children find so funny,

when I also forget that later I must add gas to the car,

that payments must be sent on time,

and that I must publish last month’s existential dissertations.

All children learn at an early age the difference

between a game and a broken glass.

All I can think is that I must learn how to clown better,

which is almost like saying: playing I must learn how to live.

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