Fragmentos

Fragmentos

Hoy, caminando solo y cerca del río, volví a recordar aquel pasillo de ladrillos sin color. Donde nos encontramos el día que cerraron la universidad y decidieron cortar la luz. El pueblo salió sin frenos por todas las lomas, los pasillos, los boulevares, las ventanas de los centros de trabajo y los vecindarios. Aquel quejido citadino como el que nuestros abuelos construyeron nos devolvio el pacto con Neruda, y con ese porvenir tantas veces descrito entre las lineas de Vallejo. La lluvia, que parecía instigar el albergue de nuestras manos juntas construyó un canal por donde desaparecimos, ¿recuerdas ese día?

Aquí aparece esa memoria con frecuencia. Tú sonrisa eterna, siempre tan dispuesta a todo lo que el tiempo y nuestras manos nos dejaran hacer. Caminamos mojados de anarquía y de hambre de amor en un salto interminable por el tiempo. El principio y el fin de aquel poemario que escribí en el aire aquella noche quedo engendrado en nuestros pulmones. Todavía esos poemas intentan saltar desde las nuevas estrofas que dibujo, pidiendo cualquier excusa para ser libres.

Las horas pasaron, interminables, y nosotros, cuando pudimos, nos escondimos de la humanidad, de los compañeros y la complicidad de las ideas. Horas que beso a beso destruyeron el silencio, y yo ya no fui más ese soldado perdido en un pasado que nadie escucha. Ya no fui más aquel vagabundo sin recuerdos.

El amor fue una disculpa que pedimos durante aquella marcha de diez días en honor a dos amantes. Nos colgamos de la esperanza, y vestidos de sangre rompimos muchos espejismos sociales. Tú y yo, entre las paredes del humo de la historia. Entre los compañeros, las pancartas, tus palabras aguerridas, la afirmación de un posible cambio, el olor de llantas quemadas, los latones de basura llenos de fuego, la confianza depositada en los que a nuestro lado gritaban con nuestros gritos. Misiles caseros a dos minutos por hora rodando calle abajo, contra las fuerzas armadas corruptas, contra la injusticia, contra las estrategias que la sociedad enmascara para perpetuar la desigualdad y las injurias del pasado.

Fuimos más que amantes Emilia. En cualquier rincón de aquellos diez días, nuestro yo mutuo olía al paraíso. Guerrilleros vestidos con el pueblo, con cada color flotando en la muchedumbre. Tu voz todavía vibra Emilia. Tus palabras llenas de todas mis palabras, y esa disposición a todo yo tan genuinamente tuya, increíblemente dedicada a mí.

Quiero saltar y entrar por uno de esos ladrillos, atravesar el musgo y adentrarme en el humo uno vez más, descubrir tu mano y volver a pintar aquel mural pese a las bombas lacrimógenas que destrozaron las miradas de las abuelas que nos miraban desde los balcones. Emilia, quiero regresar y no puedo, la vela de estos nuevos vientos me llevará por sobre el lodo donde yacen semidormidos los hijos del naufragio y es el único puente a tus cadencias, a la noche que espera desafiante por mi cuerpo enredado en la esperanza de tu cuerpo. Emilia, aquí la noche, aquí el mar Emilia, la farola colonial y el posible liberar treinta poemas.

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